Con la excusa de la reciente concesión del Premio Príncipe de Asturias de las Letras al escritor albanés
Ismaíl Kadare he leído su novela corta
El firmán de la ceguera, publicada originalmente en 1984 y traducida al español diez años después.
La anécdota de la novela puede resumirse así: en Estambul, ante una concatenación de desgracias que afectan al Imperio Otomano y que la voz popular atribuye al mal de ojo, el Sultán promulga un
firmán o decreto por el cual se castiga con la ceguera a toda persona considerada capaz de acarrear el mal. Dado que el decreto contempla que se tengan en cuenta las denuncias anónimas a la hora de identificar a los aojadores y que no existen unos criterios claros para determinar quién es poseedor del maléfico poder, sino más bien un confuso conjunto de creencias populares, la población entera cae en un estado de miedo e inseguridad. Pronto empieza a ponerse en marcha el aparato estatal: funcionarios encargados de llevar a la práctica el decreto, oficinas de cegamiento, detenciones, etc. Este hilo general de la trama se complementa con uno personal, el de María, una joven que vive con su familia, de procedencia albanesa -Albania perteneció durante siglos al Imperio Otomano, como el resto de la península balcánica-, cuyo prometido es uno de los funcionarios designados para ejecutar el firmán.
Ismail Kadare en 2002 (fuente: Wikimedia Commons)
Ya desde el principio es fácil ver que esta fábula construida por Kadare tiene una obvia lectura política, en el sentido de la utilización del miedo como instrumento de control por parte del estado, a través de la amenaza de un castigo arbitrario, casi aleatorio, que puede caer sobre cualquiera. Además, como cualquier régimen autoritario sabe, la mejor manera de desactivar tosa resistencia y de infiltrar el terror hasta lo más profundo de los hogares es convertir a los ciudadanos en enemigos potenciales unos de otros, en delatores aficionados, de manera que la mejor manera de protegerse uno de una posible denuncia del vecino sea denunciarlo a él primero. Cualquier persona se convierte en unos ojos al servicio del estado, como en un gigantesco
panóptico, más eficaz aun por carecer de centro.
El elemento que, en mi opinión, hace más interesante la novelita es la naturaleza del elemento central de este pánico: los ojos. Siendo estos los que pueden hacer caer sobre uno el terrible castigo, nadie puede considerarse a salvo. La mirada se convierte en peligro: instrumento para acechar en el otro el rastro del delito, es también la puerta por la que la desgracia puede entrar en cada uno. Como dice el narrador,
en esta ocasión se trataba de algo tan manifiestamente indefinible como la determinación de la cualidad maléfica o no de la mirada, más aún cuando dicha cualidad se hallaba vinculada a un elemento tan universal como los ojos (ojos tenía todo el mundo y nadie podía hacerse la ilusión de que conseguiría permanecer al margen, pretendiendo no estar concernido por aquel asunto); esta vez la gente comprendió enseguida que la nueva campaña no tendría parangón tanto por su brutalidad como por sus dimensiones. Resultaba a todas luces evidente que su vorágine acabaría por atraparlos a todos, por arrastrarlos implacablemente al fin hacia el inevitable suplicio.
Pero me asalta una pregunta: ¿por qué, siendo que la novela tiene una clara lectura política, es decir, puede considerarse una obra «con mensaje», me ha gustado, cuando otras obras de esta cuerda, como, por ejemplo, Ensayo sobre la ceguera -también con ceguera de por medio- me suelen parecer soporíferas? La respuesta corta y facilona podría ser: porque la novela de Kadare se puede leer en primera instancia como una crítica al régimen comunista albanés, mientras que la de Saramago es... bueno, no hace falta explicar de qué va lo de Saramago. Pero esta respuesta no me satisface. La buena la veremos en el capítulo siguiente :-D