martes 19 de mayo de 2009

Gaston Leroux

Publico aquí una entrada que estaba por ahí perdida como borrador en el otro blog, y que se quedó sin publicar allí.

A Gaston Leroux lo conocí allá por la adolescencia, en la traducción catalana de su novela Le fauteil hanté publicada por Bromera con el título La butaca maleïda. Años después, vi algunas de las adaptaciones al cine de su novela más popular, El fantasma de la ópera -recuerdo en particular aquella en que el papel del monstruo lo hacía Claude Rains, el capitán Renault de Casablanca. Algún tiempo más tarde, leí con placer la más famosa de sus novelas policíacas, El misterio del cuarto amarillo, un ejemplo clásico del problema de la habitación cerrada.


Llevaba, pues, unos cuantos años sin acercarme a la obra de Leroux, hasta que hace unos días me dio por tomar de un estante el ejemplar que tengo de La muñeca sangrienta (1923). Días después acabé de leer la que es una especie de segunda parte o continuación de esa novela, La máquina de asesinar, del mismo año. Así de primeras, los títulos de las novelas hacen pensar en algo entre gore y pulp, y algo de eso hay, si bien no es eso todo. La trama de las novelas es demasiado complicada como para ponerme a hacer aquí un resumen. Me conformaré con dar unos apuntes, porque lo que me interesa es más bien reivindicar un poco esta literatura, digamos, «de género», tan a menudo despreciada por la crítica, en particular en un país como España donde la literatura de imaginación, de aventuras o fantástica no ha gozado de un lugar de prestigio en el canon.


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La muñeca sangrienta y La máquina de asesinar forman efectivamente una unidad, una bilogía, y son incomprensibles la una sin la otra, digan lo que digan los de la editorial, que, supongo que con el propósito de engañar a algún incauto para que se lleve la segunda aunque no encuentre la primera. afirma que son novelas de lectura independiente aunque -admiten- relacionadas. Para comprobar hasta qué punto ambas novelas forman un todo, basta constatar que de los tres hilos argumentales que se desarrollan en La muñeca sangrienta -el de Bénedict Masson y la desaparición de sus empleadas, el del marqués sobre el que recae la sospecha de vampirismo y el del misterioso ser que vive en casa de los Norbert- solo uno, el de Masson, se cierra al final de esa primera novela y además, como intuye el lector, en falso. Por otra parte, el propio título de la primera novela solo se entiende al leer la segunda.


Como el resto de obras de Leroux, estas dos son novelas que se quieren populares, literatura de consumo, sin pretensiones de excelencia literaria. Si pensamos que un año antes de la aparición de ambas había publicado Joyce su Ulises o que el año siguiente publicaría Thomas Mann La montaña mágica, resulta obvio que Leroux no está precisamente en al vanguardia literaria del momento. Sus novelas tienen más que ver con el siglo XIX, con la tradición decimonónica de la literatura de imaginación y el folletín. Como puede intuirse a partir del repaso por los tres hilos narrativos que he hecho arriba, estas novelas comparten una poética del pastiche, del collage, lo cual -paradójicamente o no- las hace muy posmodernas, muy siglo XXI a base de ser tan siglo XIX.

Son muchos los elementos con los que Leroux construye su pastiche: novela gótica de vampiros, con toda la parte dedicada al misterioso marqués a quien su esposa acusa de vampirismo, y su castillo; la temática, cara al romanticismo, del autómata -véase por ejemplo «El hombre de arena» de Hoffmann-, que acaba derivando en el tema, íntimamente relacionado, de la posibilidad de crear vida por parte de la ciencia -vamos, Frankenstein, para acabar antes-; la literatura criminal y el periodismo de sucesos, en relación con el personaje de Masson y la desaparición de sus criadas, etc.

Valgan estos breves apuntes sobre la obra de Leroux para reivindicar un autor y una literatura, la de misterio, aventura y crimen, que ocupan un lugar en mi corazoncito.

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